Cuarentena

Día veintiuno



Escribí “cuarentena y silencio” en Google. Lo escribí porque, minutos antes, debajo de casa, justo al frente, está el escaparate de la librería la Central. la librería está cerrada, pero los escaparates están a la vista. Un yonqui discutía con un libro. Te voy a reventar. Cállate. El hombre estaba gritándole a un libro que se callara. Recordé una frase de DeLaComptee: “en el silencio hay siempre algo inesperado”.
        Se me ocurrió ver qué connotaciones de «cuarentena y silencio», como palabras clave, estaban posicionadas en Google. Hice lo mismo con «coranavirus y silencio», pero las entradas iban directamente a «minuto de silencio». El silencio generalmente tenía una connotación mórbida.
        Con «cuarentena y silencio» se amplió el horizonte. La primera era una crónica de un día de cuarentena en Bogotá, donde las calles, de una de las ciudades más congestionadas del mundo, habían quedado en un estado de cacofonía en pausa. El artículo recogía la opinión de algunas personas. Uno rememoraba los días en el pueblo, era violinista, la quietud de la ciudad le emocionaba. Otro, un señor mayor, decía que el silencio «le daba nervios».
        Otro post hablaba de la cuarentena en Italia. Era el artículo de un doctor, con cierto tono poético y trágico. Describía Milán desde la melancolía provocada por la virulencia de la pandemia y de las muertes, contrapuesta a la luz del sol y al inicio de la primavera. «(…) Como si los pulmones se hubieran llenado de arena del desierto que se ve alrededor de los cerezos florecidos».
        Luego llegó la Chica Fit con un post que nos ayudaba a encontrar el silencio. Según esta deportista, lo primero es encontrar un lugar cómodo y silencioso (valga la redundancia). Lo segundo es poner música relajante o un video de meditación. Lo tercero es enfocarse en el aquí y ahora con una respiración suave y sostenida. Por último, hay que aumentar en forma gradual el tiempo del aquí y ahora. Al terminar hay que sonreír.
        El siguiente artículo hablaba del valor que los místicos le daban al silencio en la antigüedad. El silencio pasó de ser un fin en sí mismo, a ser un instrumento para divisar cierta realidad oculta. De alguna forma el hombre que temía al silencio, aprendió a utilizarlo. Una tarea nada fácil. Huxley decía: «No es solo una de las más difíciles y penetrantes de todas las mortificaciones; es también la más fructífera».
        En eso de «fructífera» la Chica Fit estaría de acuerdo.
        No faltó el post que planteaba el silencio como un problema para la gente en la actualidad. Mucha gente tiene que encender la tele para velar el silencio. Estar en silencio genera estrés y puede resultar un martirio para según qué personas.
        Las demás entradas se diluían en banalidades que nada tenían que ver con el cometido. Volví al balcón. La luz estaba a tres metros, era cuestión de cinco minutos. Se acercaba la hora de tomar el sol. Una de las noticias banales era sobre un cantante colombiano, Cabas, decía algo así como «Cabas rompe su silencio en cuarentena». Volví a pensar en el yonqui que le pedía al libro que se callase, que, si no, lo iba a reventar. Imaginé un duelo entre el yonqui y el libro, un duelo por la prevalencia del silencio. Un duelo a muerte.
        Luego el rayo de sol me dio en la cara y me fui a otro lugar. Y allí donde estaba el aire era tibio y no se oía una mosca.