Cuarentena

Día veintitrés



Hoy escribí una historia que mis papás me contaron o lo que recuerdo de ella o lo que me gustaría recordar de ella.

Henry besó a Rosa y bebió el vino que le quedaba en la copa. Era el último trago. Freddy había pagado la cuenta, vestía un uniforme de marino como en las películas americanas y se enderezó el sombrero. Consuelo volvió del baño riendo como una loca. Estaba borracha.
        No hay papel, carajo, gritó y los mozos se giraron y sonrieron tímidamente.
Henry acarició la cabeza de Rosa y Rosa lo miró con una sonrisa juvenil. Por un momento, Henry sintió que era una noche de verano como las noches del pasado, cuyas fiestas parecían detener el tiempo.
        Vamos a chupar, cojuda, dijo Consuelo cogiendo del hombro a Rosa.
        Freddy y Henry se miraron.
        Vamos a la casa, pues, dijo Henry. Tenemos güisqui, solo hay que comprar hielo.
        Henry y Rosa tenían un hijo de dos años y medio, Francisco. Se había quedado en casa con la empleada. Era la primera vez que se había quedado con ella. Así que no era mala idea volver un poco antes y asegurarse de que todo estuviera bien. Rosa intentaba contener sus nervios, pero quería volver a casa cuanto antes.
        Vamos al Regatas a bailar, dijo Consuelo moviendo las caderas. Le molestaba el estado de tensión en que vivía Rosa desde que dio a luz. Consuelo se ponía irritable e irreverente con el vino. Y le enfermaba el saber estar de su amiga.
        Consuelo se despidió del mozo y le dio un beso en el cachete. Freddy tuvo que ir a disculparse. Y cogió a su mujer de las caderas. Por favor, cariño. Eres un huevón, Freddy, siempre has sido un gran huevón. Cálmate.
        Por el contrario, el alcohol relajaba a Freddy, que en la normalidad era un hombre militarizado y soberbio. Pero con dos botellas de vino se convertía en una persona prudente y silenciosa.
        Es que Francisquito está con la muchacha, dijo Rosa, que había llamado dos veces a la casa y la muchacha no había contestado el teléfono. Y es nueva, y es un poco cortita, apenas habla castellano.
        Henry asintió con la cabeza y luego animó a Consuelo, que en los brazos de Freddy se adormeció un poco.
        Vamos, en la casa estaremos de puta madre.
        Así que se fueron en dos coches a la casa de Henry y Rosa. Y compraron una bolsa de hielo en un Repsol.  Henry conducía un Mercedes del año ochenta y cinco, color hueso, y Freddy conducía un Lada azul del ochenta y ocho.
        Al estacionar en el garaje, Henry se adelantó para abrir la puerta de la casa y preparar la sala para sus invitados. Al entrar vio que el departamento estaba vacío. Y sintió una punzada terrible en el estómago. Recorrió la casa dando tumbos. No había rastro ni de Francisco ni de la muchacha.
        ¿Qué pasa?, dijo Rosa, con una expresión nerviosa.
        No están, respondió Henry y la miró aterrado.
        Freddy y Consuelo entraron a la casa. Henry encendió una luz y les comentó que Francisco y la muchacha no estaban en la casa.
        Voy a llamar a la agencia, dijo Rosa, quizás tienen información. ¡Ay, Dios mío!
        Llama a la policía, dijo Freddy. Voy al carro un momento.
        Cuando Freddy volvió llevaba un revólver en la mano. Al verlo, Cansuelo, que se sentía aturdida, entendió que lo que ocurría era serio. Freddy le dijo a Henry que le acompañara. Fueron a preguntar a los vecinos del edificio.
Rosa llamó a la policía.
         ¿Qué edad tiene el menor?
        Dos años y medio, dijo Rosa con la voz en un hilo.
        Seguro que está bien, señora, intente estar tranquila.
        Es que…, Rosa rompió en llanto y Consuelo fue a servirle un poco de whisky.
        Rosa le dio un sorbo y sacudió la cabeza. Luego continuó dándole todos los datos a la operadora.
        La policía dice que tienen que pasar ocho horas para hacer una denuncia. Entonces tomarán acciones.
        La conchadesumadre, dijo Henry y pateó la pared.
        Los vecinos no habían notado ninguna rareza aquella tarde.
        Te dije, le dijo Henry a Rosa. Te dije que esa cojuda me daba mala espina.
        Rosa se tapó el rostro y volvió a llorar.
        Freddy sostenía el revolver y se mantenía abstraído.  
        No me siento bien, dijo, de pronto, Consuelo.
        Rosa la miró. Tenía un color pálido verdoso y los ojos no enfocaban.
        Freddy la llevó al baño.
        Henry se cogía la cabeza y daba vueltas por el salón. Rosa recordó la mañana. Francisco se había despertado, se había levantado de la cama y luego había entrado en la habitación y le había hecho cariño en la mano. Con su pequeña mano. Sus deditos. La textura de la inocencia absoluta. Y sus ojos grises y urgentes esperando encontrarse con los suyos. Las lágrimas le rodaban por el rostro. No le hagas arroz para cenar, ¿ok? Odia el arroz, si lo ve no para de llorar hasta que no está en mis brazos. No se preocupe, señora, le hago un purecito de papa o una verdurita triturada. Parecía buena chica. Era prima de otra, Paulina, que había cuidado al hijo de la hermana de una prima. Todas de Huancavelica o por ahí, zona de buenas empleadas, muy trabajadoras y tranquilas.
        Henry se acercó y le besó la frente. Ambos lloraron juntos.
        No debimos haber salido, sollozaba Henry.
        Mientras tanto en el baño, Freddy se quitó el sombrero de marino. Le picaba la cabeza, se tocó el bigote y luego observó a Consuelo, despatarrada sobre el wáter metiéndose el dedo en la boca. Recordó la noche que se juntaron. La había invitado al cine, todo había ido bien. Freddy era tímido, le costaba mostrar sus emociones. Consuelo se tiró un pedo en medio de la película. Y Freddy no pudo reprimir la risa. La gente protestó y no les quedó más remedio que salir corriendo. No entiendo a esta gente, decía ella, sorprendida. Y él estaba sorprendido de ella.
        Me siento fatal, morchi, Consuelo no podía levantar la cabeza.
        Freddy la miró.
        Te amo, le dijo.
        Cuando volvieron al salón, Henry fumaba un cigarro mirando la ventana que daba a un jardín muy grande. Rosa había ido a darle comida a la tortuga que tenían en un pequeño patio interior.
        Freddy cogió el revólver.
        Voy a dar una vuelta por el barrio, hizo un gesto con el dedo y se aproximó a la puerta.
        Consuelo se quedó dormida en el sofá y sus ronquidos eran arrítmicos e incómodos.
        Henry recordó el día en que Rosa salió del baño y le dijo que estaba embarazada. Él sintió una emoción vertiginosa, una mezcla de miedo y entusiasmo. Todavía no tenían una nevera, pero ya tenían un niño en la panza de Rosa. Recordó los ojos asustados y felices de ella, ojos marrones profundos, siempre estaba más preocupada por los demás que por sí misma. Solo cuando lo vio sonreír se echó en sus brazos y se sintió tranquila.
        Pero ahora, mientras Henry sorbía el cigarro sentía rabia contra ella, contra su fragilidad y desolación. Contra su dulzura.
        Y entonces se oyó cómo se cerraba de golpe el portal del edificio. Henry fue a abrir la puerta del departamento. Era Freddy.         Nada. No había noticia ninguna.
        ¿Quieres un poco de whisky?
        Henry aceptó. Freddy miró a Rosa, pero Rosa negó con la cabeza.
        Ambos chocaron los vasos.
        Este país no nos ofrece ninguna seguridad, hermano.
        Es una cagada todo.
        Por eso somos tan religiosos, dijo Freddy. Siempre estamos detrás de alguna creencia que nos ayude a tener esperanza.
        No hay ninguna esperanza, dijo Henry. Está todo podrido. Vivimos rodeados de choros, de depravados. Y dios no sirve para ni mierda.
        Freddy le pasó el brazo por encima. Y Henry apoyó su cabeza en el pecho de aquella camisa de marino.
        Consuelo lanzó un bramido. Roncaba como un elefante.
        Se escuchó el portal otra vez. Rosa corrió a abrir la puerta del departamento. Y vio a la muchacha y a Francisco cogido de su mano, con un chupetín en la boca. Él niño llevaba un sombrero de cartón y sonreía.
        ¡Señora!
        Henry salió enfurecido. Freddy lo contuvo con sus poderosos brazos.
        Te voy a matar, gritaba Henry, que escupía al hablar.
        Francisco levantó las manos. Rosa lo cogió y lo besó en el pelo y la cara. Luego lo revisó. El niño estaba impecable, pero empezó a llorar.
        Perdóneme, señora, sollozaba la muchacha que no debía tener más de dieciocho años. Es que era cumpleaños de mi madrina.
        ¿Hasta dónde te lo has llevado?, preguntó Rosa, casi sin aliento.
        Hasta Huachipa, señora. Se ha divertido bastante el bebe.
        Rosa no pudo hacer otra cosa que llorar.
        Freddy soltó a Henry. Éste le prometió que no iba a moverse. La chiquilla lloraba y pedía disculpas. Freddy entró en el departamento y volvió con el revólver. Rosa tapó la cara de Francisco. Henry se pegó a la pared. Freddy apuntaba a la chiquilla.
        Ahora, cholita de mierda, ahora quiero que salgas por esa puerta y desaparezcas. ¿Me has entendido?
        Por favor, Freddy, se oyó decir a Rosa.
        ¿Qué te has creído, serrana apestosa? Que te vas a quedar tan tranquila. Ven conmigo.
        La niña parecía convulsionar arrodillada en el suelo.
        Freddy, para, dijo Rosa otra vez.
        Ven conmigo, mamacita, ahora vas a ver cómo son las cosas.
        Henry no entendía qué estaba sucediendo.
        Qué se vaya, Freddy, solo dile que se vaya.
        Freddy estaba rojo como un tomate y las venas le sobresalían en medio de la frente. Por fin bajó el arma y la muchacha se marchó corriendo. Freddy tosió y se pasó la mano por la cabeza. Se reía nervioso.
        País de mierda, repetía, país de mierda.
        Francisco seguía llorando a gritos, algunos vecinos abrieron sus puertas. Henry se acercó a Freddy y le dijo que lo mejor era entrar al departamento. Rosa llevó al niño a dormir. Consuelo seguía roncando en el sofá.
        Freddy bebió un poco y luego recostó la cabeza en el respaldar del sillón y puso los ojos en blanco.
        Henry fue a buscar a Rosa. Ella estaba sentada al lado de la cama de Francisco, acariciándole el pelo, tenía el rostro cansado pero la luz cálida de la lámpara le daba un toque angelical.
         Sentí que las cosas se escapaban de mis manos.
        Rosa lo miró.
        Se escaparon, amor. Se te escaparon a ti, a Freddy, a mí, a todos.
        Henry se secó los ojos con las mangas de la camisa. Miró a su hijo. Su rostro rosado. Su pecho inflándose y desinflándose. Inmune a todas las cosas de este mundo. Por un momento imaginó que descansaba en los pequeños brazos de Francisco. Y así se quedó un buen rato, con el pelo de Rosa en la cara.