Cuarentena

Día veintiséis



Hoy tuve clase de escritura creativa por la mañana. Es la segunda que hacemos por videoconferencia. Siempre salgo de la clase con muchas ganas de escribir. Me gusta ver lo que he escrito el día anterior y quedarme un rato revisando. Y luego sigo escribiendo una hora entre que cocino y camino por la casa.
        El otro día leí que Philip Roth, que escribió nada menos que treinta y cuatro novelas, escribía parado. Decía que así, cuando estaba bloqueado podía irse, caminar, tenía más libertad.
        Imagino que hay gente que escribe en la quietud absoluta. Como un felino que espera inmóvil el momento preciso. Yo me muevo todo el tiempo. La señorita S dice que cuando escribo y hablo muevo las caderas. Es como un tic. Por eso la silla que uso chirría y parece que se va a desarmar en cualquier momento.
        Un día yo estaba dando la perorata con una copa de vino, y ella y la señorita L me miraban. Pensé, por sus rostros, que no entendían el argumento de mi discurso. Y conforme iba hablando me iba haciendo cada vez más a la idea de que ambas perdían el hilo y veía sus ojos bailar, inquietos. No hubo más remedio que callarse.
        Es que no se te escucha, dijo la señorita S, solo se escucha el ñiqui ñiqui de la silla.
Y desde que me lo dijo soy cada vez más consciente de mi estilo rumbero de hablar y escribir. Ñiqui Ñiqui.
        Así que, al terminar la clase, me dirigí a la cocina y me preparé una pasta, Ñiqui Ñiqui. Y después de comer abrí el Word. Y la pasta lejos de aletargarme, me dio tal impulso que corregí, ñiqui ñiqui, las doce páginas que había presentado y luego, como un coche que rompe una tranquera de madera y continúa por una carretera cerrada, ñiqui ñiqui, seguí escribiendo, y a atravesé un cerco de arbustos, ñiqui ñiqui. Y aún insistí un poco más.
        Y juro que hubiera seguido, hasta llegar a caminar en el aire y cruzarlo, pero mis caderas se movían tanto que la silla, ñiqui ñiqui, se descalabró del todo. Y terminé en el suelo bocarriba mirando las vigas del techo y riéndome a carcajadas.
        El próximo miércoles me lo tomaré con más calma. O escribiré de pie, como lo hacía Roth.