Cuarentena

Día veintiocho



Me miro en el espejo. Mi cara es más esférica. Creo que es por dos razones. Tres kilos más de lo habitual y barba de oso de las nieves. Una capa de pelo negro cubre mi brillante cabeza oval. Tengo los ojos pequeños y los mofletes bronceados. Me levanto la camiseta y veo mi panza de siete meses.
        Me consuela ver que aquella placenta es de una materia intrusa, un inquilino de confinamiento. Me doy una pequeña vuelta de modelo y encuentro en mis lumbares la sabiduría del cuerpo humano, que, para sostener aquella solidez extraña del abdomen, ha retenido un poco de grasa en la zona lumbar. Me digo lo mismo que digo cuando veo mi cuenta bancaria o el nuevo formato de Buenafuente: es temporal.
        ¿LE CUESTA PENSAR Y NO PARA DE COMER? Astronautas y científicos polares saben cómo lidiar con el aislamiento. Leo el artículo. Me gusta eso que dice de la hibernación psicológica. Que la gente deje de pensar o lleve el pensamiento a un estado de mínimo ejercicio. Desde luego, eso es lo que deberían intentar inducirle a mi vecina de arriba. Deberían hibernarla, hacerla entender que debe parar. Y, sobre todo, que no sólo hay una canción en el mundo. Hay un horizonte más allá de Halo, de Beyonce, ¡Qué sentido tiene escuchar solo Halouna y otra vez durante el tiempo en que el sol pega en los balcones de todos tus vecinos, doctora cirujana! Por cierto, ¡Cantas como el culo!
        En fin. El perro de la vecina del terrado sigue ladrando. No ha parado en dos días. Me encantan los animales, pero estos perros están desquiciados. Creo que la dueña ha muerto. No abre la puerta cuando le toco el timbre.
        Vuelvo al artículo. Una astronauta cuenta un viaje en el espacio en que sobrevivieron siete de veinticinco. Canibalismo, suicidio, locura. Y luego un inciso sobre lo importante que es controlar la mente. No pensar en el futuro incierto. Concentrarse en el aquí y ahora.
        Y repite: No pensar en el futuro.
        Voy al balcón, me toco la barriga y le doy palmadas. Al final te cogeré cariño y todo, le digo. El viejo de la última planta del edificio del frente se está peleando con el perro de la vecina del terrado. Es un hombre muy refinado, tiene un anticuario en esa misma calle. Se le han venido los años encima con el confinamiento. Cállate, le dice y se pasa el dedo índice por el cuello, en señal de amenaza. Luego me mira y me dice que está hasta los cojones del bendito animal. Yo le digo que también. ¿Y la dueña dónde coño está? Está muerta, le grito. El viejo me mira y se pone la mano en la oreja, como pidiendo que repita. Que está muerta, le digo un poco más fuerte. El hombre se lleva las manos a la cintura. La chica del entresuelo también está en el balcón y se ríe. Es una broma, le digo, no sé dónde está la vecina. Luego me despido y entro. El perro sigue ladrando.
        Pobre animal. Escucho a la vecina de arriba, ahora arrastra un sillón de una habitación a otra. Se pasa horas jugando a la mudanza. Maldito infierno. Finalmente decido escribir un cuento sobre una pareja que está secuestrada en un barco, en un lago hermoso, al norte de la India. Paso un rato escribiendo el estado de tensión de ambos.
        Luego describo sutilmente la escena en la parte trasera de la casa flotante en la que están confinados. El cielo parece pintado con tizas de colores. Las montañas se ven azules. El lago Dalh refleja las cosas de tal manera, que parece que hay un mundo idéntico a éste dentro del espejo de agua. Ella mira al vacío, está cansada y confundida. Él come un pan y se siente culpable. Tiene ganas de morirse. De pronto, lanza una miga al agua, pero antes de caer, un pez gordo rompe el espejo y abre una boca lila con bigotes. Y se traga la miga con todo el lomo fuera del agua. Ella se acerca y apoya las manos en la espalda de su marido. Se pone en puntas de pie. Él tira otro trozo y ahora salta un pez rojo, con enormes bigotes y cara de señor sin dientes. Los dos se ríen. Luego se miran.
        Me detengo. Imagino el lomo del pez rojo y el cielo rosado y las montañas azules. No escucho nada más que grillos y sapos cantando en el lago. Y por alguna extraña razón me dan ganas de hacerme un bocadillo.