Cuarentena

Día tres

La rata y la señorita K


Estoy escribiendo en el ordenador y la señorita S me dice que su amiga, la señorita K, tiene un problema. Tiene una rata en su casa. Una rata grande. Yo no sé si creerle. Parece que su cerebro está reaccionando al encierro. Se ríe sin ninguna razón. Se queda dormida de repente. Y ahora parece jugar conmigo.
Pero no es un juego.
        Y ¿qué podemos hacer? Estamos obligados a estar cada uno en su casa. Creo que es una batalla entre la señorita K y la rata, entre el ser humano y la naturaleza.
        Pero los ojos de la señorita S, color pistacho, mirándome, lo dicen todo. Vamos a ir a matar a la rata. Su risa me da miedo. Y la vas a matar tú.
        Nos ponemos en marcha. Ella llama a la señorita K y le dice que estamos en camino. Debemos tener una excusa, me dice, con el teléfono en la oreja. Ya la encontraremos. Y así salimos de casa. El sol tiene una luz color mostaza. Parece que va a caer una tormenta en cualquier momento. El silencio le da al barrio un aire a monasterio.
        En la plaza de la Catedral hay dos furgones aparcados y agentes interviniendo a la gente que pasa. Buenas tardes, ¿por qué estáis transitando por esta zona? Vamos a comprar al SPAR, respondo, sin quitarle la mirada ¿Dónde vivís? En Trompetes, le digo. Y ¿por qué no vais al Capabro que está más cerca?
        Nos gusta más el SPAR, dice la señorita S, salvando la situación. No traen bolsa de la compra, dice el policía. Solo queremos papel de baño y alguna cosa más, nos excusa la señorita S.
        Muy bien, pues solo puede ir uno. El otro se va a casa. Pienso en la señorita K y la rata, y tengo que aguantarme la risa.
        Creo que a mí también me está reaccionando el cerebro con el encierro. Pero la señorita S me coge el brazo y me dice que mejor vaya yo al SPAR.
        Y compra quintos, me dice, haciendo adiós con la mano. No te olvides de los quintos. Y cuando lo dice hace un gesto raro, como si fuera a estornudar.
        Así que cruzo la plaza y me dirijo al SPAR. Una vez que giro la esquina de la calle donde está el súper, saco mi móvil. La señorita S me ha escrito diciendo que nos encontramos en la puerta del Decathlon, que está a unos metros, que ha podido sortear a los guardias yendo por el barrio judío. Miro a los lados y siento un cosquilleo en el estómago. La señorita S aparece por la rampa del parque que está frente al Decahtlon, sonríe, parece feliz con esta aventura. La señorita K vive a un minuto, me dice y luego me da un beso, no sabes que ganas tengo de verla. En el parque hay una chica de pelo atado en un moño y lleva una mascarilla celeste, tiene un perro pequinés que lleva un cascabel en el cuello. Nos pueden multar por toda esta historia, susurro. Va, hombre. Un viento frío recorre la calle angosta. Tocamos y la señorita K no abre. Vemos una moto de guardia urbana venir desde el fondo de la calle. La señorita S toca otra vez. ¿Algún problema? Ninguno, es mi madre que está dormida. ¿Sois todos vecinos de la finca? Todos, señor. El oficial no se quita el casco y tira aire moviendo las aletas de su nariz.
        Se abre la puerta, pero la señorita K no dice nada.
        Subimos por la escalera caracoleada. Tiene huevos la rata para subir hasta el último piso. No sabes el favor que le vamos a hacer a la señorita K, sabes lo que es no poder estar ni fuera ni dentro de casa, el agobio de convivir con un animal horrible, la señorita S me mira mientras descansamos en el rellano de la segunda planta ¿te imaginas?
        Por un momento, dada la atmósfera surrealista de todo esto, pienso que la rata no es en realidad una rata, sino una metáfora de algo. Y pienso también en la atropellada vida de la señorita K. Y cuando asomamos al último piso de la finca, estoy realmente acojonado.
        La señorita S me abraza. Mi niño, no tengas miedo, eres muy valiente. La miro y veo otra vez esos ojos verdes que tantas veces me han llevado a saltar al abismo. Nunca he matado a una rata, le digo. La señorita K abre la puerta. Es pequeña y tiene el pelo liso y negro.         No lleva las gafas que siempre lleva y tiene los ojos como platos y unas ojeras liliáceas. La casa está a oscuras. Solo hay una pequeña lámpara que apunta a la cama, esa es mi trinchera, susurra. Desde allí escucha a la rata pasear y comer.
        ¿La has visto? Le pregunto.
        No, sus ojos hierven de miedo, pero se mueve tanto que es como si la viera. La señorita K se rompe. Vamos al terrado, propone la señorita S, te acompaño a que fumes un cigarro mientras nuestro hombre se encarga de la rata, es un crac, no tardará.
        La señorita K entra y coge del lado de la cama una escoba y un cuchillo de picar cebolla. ¿Te apañarás con esto, mijo? Yo le sonrío y por un segundo me pregunto por qué estoy aquí y no en mi casa confinado, cumpliendo la ley.
        Así que entro en el piso y cierro la puerta. Enciendo la luz. Doy golpes con la escoba. Estoy aquí y no tengo miedo, ratita, ven a saludarme, vamos. El piso es pequeño, un estudio con un solo espacio, me asomo al baño y enciendo la luz. La tapa del cuarto de baño está cerrada. La abro con cuidado. Hay un papel flotando en el agua.
        Voy a la cocina.
        Escucho las risas de la señorita S y la señorita K en el terrado. Sigo golpeando el suelo con la escoba. Hay bolsas de patatas chips roídas en el suelo. Golosa, ratita golosa. Pero ¿dónde se esconde la condenada? Y por fin la oigo salir de la cocina. Así que me vuelvo y camino con sigilo. Puedo oír mis latidos.
        El miedo me atosiga.
        Es una rata, solo una rata. Y entonces veo su cola gorda y larga, detenida bajo un sillón rojo atestado de ropa. Cojo el cuchillo y lo lanzo para cortarle la cola. Pero el cuchillo se clava en el parqué y el animal escapa, desplazándose al rincón de la cama. Así que levanto la cama y la persigo dando golpes torpes con la escoba. En un momento la tengo a tiro, pero la escoba se me cae. Así que doy vueltas sobre mi propio eje buscando a mi tenaz enemigo. Por fin cruzamos miradas. La rata está sobre el armario de madera. Yo a unos dos metros, desarmado. Nos miramos. Sus ojitos castaños. Su pequeño tórax inflándose y desinflándose. Sus dientes pequeños brillando. Me remango y me lanzo dando un grito de guerra. La rata me salta al cuello, me muerde, pero consigo cogerla del cogote. Y me lanzo al suelo con ella y le doy una paliza de los mil demonios. Y al fin cae abatida. Puta rata, digo y voy al baño a verme al espejo. Tengo un buen mordisco en el cuello y otro menos importante en la mano derecha.
        Así que subo al terrado. ¡Por Dios, niño, qué ha pasado! Yo me quedo mirándolas. La rata está muerta. Le pido una cerveza a la señorita K. Tenemos que ir a Urgencias, se tapan las bocas, me sabe muy mal lo que ha pasado. Tenemos tiempo, les digo. La sangre me mancha la camiseta, pero sé que estoy a salvo. ¡Toma, mijo! Me dice la señorita K. La señorita S va a agregar algo, pero le hago un gesto que la disuade. Le doy un buen sorbo a la cerveza. Guardamos silencio. Y el nuestro se une al silencio opaco y húmedo de la ciudad ausente, de la ciudad vacía.
        Y de pronto las gotas de lluvia caen y caen, y quizás por primera vez en Barcelona, las oímos caer una a una sobre las distintas superficies, primero despacio como en la vida apacible de un asceta, luego con la furiosa prisa con la que vivimos los citadinos. Y así permanecemos callados, hasta que ruge el primer trueno y un rayo blanco en forma de rama cae detrás del Tibidabo.