Cuarentena

Día treinta y tres



Todo empieza cuando aceptas que no todo es posible.
        Ves que una pelota de tenis cae del terrado de los vecinos, ellos están en un edificio a unos cien metros calle arriba. Dos chicas con pelo largo se asoman por una verja de madera y ven cómo la pelota da botes en el suelo y baja en dirección a la plaza del metro. En un momento tu mirada y la mirada de ellas se cruzan y no puedes saber qué expresión ponen, pero sonríes porque crees que es lo único que se puede hacer en estos casos. De pronto, un señor con pelo gris y coleta coge la pelota, casi a la altura de tu balcón y la levanta con la mano. Como el salvador. Y tú sólo puedes ver su coleta gris y la chaqueta roja, mientras escuchas a las chicas decir gracias una y otra vez.
        Y entonces ves que el salvador coge la pelota y toma impulso. Y piensas que no es una buena idea, porque las chicas asomadas en la verja están en el terrado de un edificio de siete plantas. Pero el salvador, que parece convencido de su potencia, patea la pelota de tenis. Y la pelota de tenis sale disparada calle arriba. Y sientes vergüenza ajena y buscas el porro en el cenicero.
        Las chicas hablan con el salvador desde el terrado a gritos, restan importancia al intento fallido. Luego este va a recoger la pelota y una de ellas no tarda en bajar. Él se la tira y ella le da las gracias. Y por alguna extraña razón eso te hace pensar en las cosas que quieres hacer y no son realistas. Como cuando quisiste entrar al mar desde el espigón de Cerro Azul. Una playa al sur de Lima donde la señorita P tenía una casa. El señor O estaba afanado con el surf y te dijo que si querías probar. Y tú tenías veinte años y no hacías otra cosa que decir que sí a todo.
        Así que te pusiste el traje de neopreno y luego te tomaste fotos con el señor O. Y te detuviste a ver el mar a lo lejos. Y te quedaste hipnotizado con la espuma blanca de las olas. Mientras tanto, el señor O te dice que es mejor ir por el espigón, que al final hay una zona plana y cuando se retira el mar es perfecto para meterse, que entrar por la orilla es casi imposible. Y tú asientes convencido, lleno de un valor improbable, que acabas de inventarte entre que saltas de roca en roca y sostienes la pesada tabla. Y al fin llegan a la punta del espigón y le dices al señor O que la marea está alta. Y el señor O te saca la lengua y te dice que no seas marica. Y tú te atas la pita de la tabla en el tobillo. Y una ola revienta a unos metros e imaginas que es un león furioso que va a comerte a bocados.
        El mar no se retira lo suficiente y crees que se está haciendo de noche. Pero la verdad es que son las dos de la tarde y te cagas de miedo, porque nunca has entrado al mar con una tabla hawaiana, pero eres tan divertido, y todo te sale siempre tan bien, que vamos, por qué esta vez tiene que ser diferente.
        Y mientras recuerdas ese momento en el espigón, se te ocurre que en eso consistía la sensación de eternidad de esos años, en que duraba hasta que pasaba algo que no tenía que pasar.
        Pero las olas revientan en tu cabeza y te devuelven al espigón. Y te imaginas con una coleta gris frente a esa marabunta de espuma. Y el señor O te dice que trepes a la zona plana, pero es muy resbaloso y temes a la muerte. Le temes por primera vez. Y entonces pasa. La ola te sacude y no has escuchado al señor O decir que no levantes la tabla.
        Entras en un embudo que te absorbe entre rocas. Notas tu piel desgarrándose mientras te cae el chaparrón de espuma en la nuca. Y la tabla te jala a las profundidades. Y tus ganas de seguir vivo te aferran a una roca triangular que te está rasgando la piel de la mano.
        Por fin el mar se retira. Ahora imaginas que ves la pelota de tenis rodando calle arriba, y te tocas la cabeza. Tienes el pelo gris. Eres viejo y vas solo por la calle. Unas chicas, como aquellos ángeles que veías en la oscuridad cuando nada había pasado todavía, te miran y te dan las gracias desde las alturas. Por intentarlo, al menos por haber tenido el sueño de lograrlo.
        Aquella noche en la playa, los puntos en el pie y en la muñeca te escuecen demasiado. En un momento el señor O se acerca, está un poco picado y te dice: el mar no es lo suyo, señor todopoderoso. Y aunque entonces no lo sabías, ahora mientras vez al hombre de coleta perderse al final de la calle, intuyes que algo ha cambiado, que algo nunca será lo mismo.