Cuarentena

Día treinta y dos



La vida siempre te muestra el camino, pero tú no quieres verlo.
        Cierro el correo electrónico y pienso que debería quitarme de esa suscripción motivacional. Tengo un poco de resaca. La señorita S también. Tiene la cara maquillada y el rímel corrido le acentúa las ojeras. A mí me ha entrado champú en el ojo y lo tengo irritado y diminuto.
        Leo un poco de Whitman. Nada. Dos párrafos. Pero me arde mucho el ojo y lo dejo.
        Así que estoy con la señorita S jugando en el sofá y suena mi teléfono. Es el doctor X. Necesita hablar un poco. La cuarentena está empezando a apretarnos el cuello, me dice. Él y la señorita M tienen el bar cerrado.
        Todos estamos igual, le digo, al menos todos estamos en la misma situación.
        Al escucharme no sé si mis palabras consuelan.
        Más tarde voy al Aldi y el guardia me pone alcohol en los guantes blancos. Todavía estoy pensando en la verdulería. Y la señorita que tomaba la temperatura con la pistolita esa. Treinta y cuatro grados y medio. Parece que estoy un poco frío. Cojo un pollo entero y un reponedor me atropella con el carro de metal. Le digo que no pasa nada.
        Cuando vuelvo por el Paseo del Borne, pienso en el camino de la vida. ¿Hay algo parecido a eso? Luego recuerdo una conversación con la señorita S al respecto. Yo estoy en el sofá, con la manta lila encima, y ella está sentada sobre la esterilla, en el suelo. Le digo que la vida te muestra todo el tiempo que no vas por el camino indicado. Y luego le hago un recuento de las veces que he querido ir en una dirección y me he dado un chasco importante.
        ¿Y qué tiene que ver con ahora? Sigo caminando y pensando en la vida y el camino, y lo jodido que está todo. Y en lo bien que está así. Y no sé por qué razón recuerdo una noche de invierno en la estación de tren de Montcada y Reixac. Camino por el pueblo, voy de una estación a otra. Montcada es un pueblo con tres estaciones de tren distintas. Y es muy curioso. Pero siempre voy sin dinero y debo tomar los trenes cruzando las vías o saltando las compuertas de seguridad. Hace frío y caen algunas gotas. Estoy nervioso, siempre estoy nervioso en esa época y siento que estoy haciendo las cosas mal. Y cruzo las vías en una zona en que los faroles no iluminan. Y me paro un momento en los rieles, y empiezan a caer más gotas. Y luego se ven las luces del tren a lo lejos.
        La señorita S y yo estamos en el balcón. El sol nos da de lleno y hemos terminado de comer. Son casi las seis de la tarde. Voy a quitarme de la mierda motivacional esa, le digo. ¿Qué cosa? Una que, en teoría, me haría experto en marketing online. Son unos pesados, dice ella.
        Antes de que anochezca pienso en la vida y en el camino que no quiero ver. Abre los ojos, me digo en voz baja. Y no sé por qué recuerdo un día en que mi papá está renegando, diciendo que le escondemos las cosas. Grita que no sabe dónde están sus gafas y que se tiene que ir a trabajar. Y nosotros lo miramos y tiene las gafas puestas.
        La señorita S me dice que qué me pasa. Y yo le digo que estoy buscando el camino de la vida. Yo soy el camino, dice ella y abre los brazos. Y recuerdo un atardecer en Jaipur, frente al lago. Lo recuerdo como si fuera una acuarela, en la que resaltan, sobre todo, la señorita S y el cielo.


︎Día treinta y tres