Cuarentena

Día treinta y cuatro



Hoy vi un video que hicimos en La Molina con la señorita S, antes de volver de un fin de semana esquiando en las montañas. En el video yo estoy en un columpio con gafas oscuras y mi chaqueta negra, no sonrío; luego la toma me e enfoca deslizándome por una tirolina; en la última toma la señorita S baja por un sendero y se va difuminando en el paisaje invernal.
        Recordé aquella excursión a las pistas de esquí.
        Cuando subíamos en el bus a los nevados, por esas carreteras zigzagueantes escoltadas de altos pinos, con el humo de las chimeneas difuminándose en el cielo gris blanquecino. Y las pelotillas de nieve cayendo como si lloviera en cámara lenta.
        Algo de infancia recuperada había en todo ello.
        Aunque yo fui un niño en Lima, cuando en Lima no llovía ni nevaba ni venían los mejores grupos de música a hacer conciertos. La nieve siempre fue algo de la infancia, quizás, porque cuando uno es niño y descubre que hay cosas más allá de su horizonte, las añora, las imagina y al final se las apropia. En parte, por eso el niño quiere ser adulto, para ir a ver esas cosas ocultas, desoyendo las dulces advertencias de los grandes: preferirás volver sobre tus pasos.
        Pues bien, decidimos ir a la nieve en año nuevo, entre otras cosas porque ambos necesitábamos visitar la infancia, hacer deporte y alejarnos de Barcelona unos días. Me entusiasmaba la idea de esquiar, comer buena carne y beber vino viendo la tele en la habitación del hotel después de una ducha caliente. La señorita S estaba encantada con la idea.
        Yo había esquiado una vez hacía diez años. Esto es como la bicicleta, me dijo la señorita S cuando, sentados en el telesilla, nos dimos cuenta de que ese no nos llevaba a la pista verde que yo había elegido, sino a la azul que la señorita S propuso primero. No tardé en acumular dos caídas, pero a media pista empecé a dibujar eses grandes y a flexionar las rodillas. En media hora, acumulaba cuatro caídas y dos descensos tensos pero correctos. Vamos en el telehuevo, propuso la señorita S, viendo que lo estaba disfrutando.
        El telehuevo nos llevó montaña arriba. Desde aquella cápsula se podía ver las altas cimas cubiertas de nieve y una extensa sábana de nubes algodonadas que parecían el mar a lo lejos. Un mar de furiosas crestas de ola detenidas.
        El descenso fue limpio hasta un punto. A partir de allí, una de las opciones era una estrecha pista que serpenteaba una colina y era solo para expertos; la otra, era más ancha y la mayoría de los esquiadores bajaba a toda pastilla por ella. Susana preguntó a un instructor y éste le dijo que tenía una parte un poco fastidiosa. Yo venía haciendo unas eses muy redondas y empezaba a creer que saltaba al dar los giros con la cintura.
        Empezamos el descenso. Se trataba de un nivel más de dificultad. Yo iba concentrado y constreñido. Apretaba los bastoncillos como un niño bueno, obediente, que se lanza a sus primeras aventuras. ¿Prométeme que no irás por ahí, hijito? Claro, mamá, por supuesto. En la primera curva tuve que deslizarme rápido y hacer un giro con cierta violencia, y un pie se me separó un poco de otro, y sentí que las cosas no estaban del todo conmigo. Me detuve antes de hacer la primera bajada. La señorita S esperaba a unos metros analizando el percal. Bajamos tranquilos, me dijo. Yo asentí con la cabeza. Había una pequeña placa de hielo en el centro de la pista. Rodéala, gritó ella mientras bajaba. Y eso hice. Y aunque mi corazón cabalgaba y lo sentía en el mentón, lo hice con una destreza olímpica. Tanto que me molestó que la señorita S me dijera que juntara más las piernas en el giro.
        Cuando analizamos la siguiente rampa, nos dimos cuenta de que esta era la pequeña parte fastidiosa de la pista. Aquí hay que bajar muy de lado, me dijo con el ceño fruncido, la rectitud de su rostro me quitó confianza. Me convertí en un niño dubitativo.
        Ella se lanzó primero y quedó atrapada en una placa. Cayó y le saltó un esquí que se deslizó dos metros abajo. Me miró y dijo que siguiera. El problema, pensé más tarde en la habitación del hotel, fue que enfrenté la pista muy de nariz.
        Y cogí una velocidad tal que hubiera llegado a Barcelona con los esquís puestos si no fuera por esa costumbre de girar cuando ya es demasiado tarde. Lo siguiente fue una batalla maravillosa entre un niño de treinta y cuatro años y la indomable naturaleza del destino, una naturaleza llena de nieve, rocas y pinos.
        Al final, conseguí descenderla a trompicones, acumulando dos caídas leves, casi inducidas, exceptuando la primera en la que pude perder la sensación de hogar, de protección y de inocencia que te inspira la nieve.
        El caso es que la pista continuaba y la señorita S no venía. Sabía que ella, una esquiadora casi profesional, no tardaría en bajar. Y yo había quedado agotado. Así que decidí seguir bajando. A partir de allí, el paseo fue solitario, revelador y poético. El silencio solo se cortaba con los esquís abriendo la nieve en los giros, o aplanándola cuando hacía las eses. Y los copos caían de los pinos. Y el aire gélido me mojaba los labios y la nariz.
        En un momento, de forma absurda y caprichosa, al sortear un montículo de nieve, resbalé y caí. Sentí un golpe fuerte en el muslo, pero nada grave.
        Me quedé tirado en el suelo, el sol me caía de lleno, la nieve se derretía en el bigote y la señorita S no tardaba en aparecer. La vi venir a lo lejos al cabo de un par de minutos. Parecía una bailarina de sinuosos contorneos. Me levanté con dificultad. Estos montículos me cagan, le dije. Sí, hay muy poca nieve, se hacen muchas placas. Luego me dio la mano. Mira, me dijo, alertada, creo que te has hecho daño. Manchas de sangre teñían la nieve.
        Me revisé por todos lados y no tenía ninguna herida. Me saqué el casco, tampoco me había hecho daño en la cabeza ni en el rostro. Dejé los esquís a un lado y seguí la seña de sangre. Y dirigían a un matorral de rocas oscuras. Recordé la curiosidad oscura de los niños. Vámonos, le dije a la señorita S, lo mejor es irnos. Y ¿si es un animalito? Dijo ella mientras clavaba los bastoncillos en el suelo y se deslizaba hacia mí.
        Asomamos la cabeza. Un precioso venado con ojos gráciles yacía sobre la sombra blanca. Ojos como agujeros negros. Si los seguías podías entender que nunca sabremos nada de la vida. Tome la mano de la señorita S. Tiene una mano cálida, aún en el frío aire de la montaña.
        Al día siguiente, esperábamos el tren en el pequeño pueblo fantasma de la Molina. Era un pueblo casi abandonado. El frío y la humedad se notaba en el tono de las casas y la soledad de los edificios. Luego cruzabas un canal de agua y todo era campo. A lo lejos, entre los abetos, se veía una vieja residencia. El viento soplaba suave. La señorita S vio un letrero verde que señalaba un domen a veinte metros. A travesamos una vaya de piedras. El domen era una construcción de tres piedras grandes. Intente meterme dentro, pero la cavidad era muy pequeña. Escuchamos un pájaro carpintero pegándole con el pico al tronco de un abeto alto. Se veía el hielo sacudido por el movimiento de las ramas. La señorita S me miró y sonrió. Empezó a bajar la ladera y yo la miraba desde el domen. Separaba las manos y parecía apoyarlas en el aire para no perder el equilibrio. Saqué el móvil y grabé un video mientras ella bajaba con esa poética cautela. Se detuvo. Puso los brazos atrás y se quedó mirando el abeto de cerca. El hielo caía. El pájaro carpintero y paraba de picar la madera.   


︎Día treinta y cinco