Cuarentena

Día treinta y cinco



Aburrido de las noticias que pueblan las portadas de los diarios, me voy a la página de sucesos.
        Lo primero que encuentro es un hombre detenido y multado por no respetar el confinamiento y pescar sin licencia. El tipo fue encontrado en la playa del Prat de Llobregat mientras esperaba que alguna lubina picara el anzuelo.
        Luego encuentro una noticia sobre el paciente de un hospital de Girona, enfermo de coronavirus, que se escapó y se fue a su casa. La policía lo encontró en su domicilio y el individuo, mientras era trasladado a un hospital más lejano, alegó que huyó porque tenía hambre.
        La noticia que más me sorprende viene de Canarias. La tarde de ayer un señor paseaba por la calle de un pueblo equis y la policía le pidió la documentación. El hombre echó a correr. Llevaba un bolso y corría a buen ritmo. Cuando llegó a la playa no dudó en tirarse al mar. La marea lo llevó contra las rocas. Los policías lo vieron luchar contra el oleaje hasta perderlo de vista.         Durante horas, tanto la guardia de montaña como la marítima buscaron al temerario fugitivo sin éxito. Cuando aún no había caído el sol, una mujer denunció la desaparición de su marido. Había salido a dar un paseo después de la comida y no había vuelto a casa. Se trataba de la misma persona.
        Al día siguiente, por la mañana, el fugitivo apareció en la comisaría bien vestido y con rostro de haber descansado. Se entregó a la justicia y explicó que pasó horas escondido en una cueva y que antes de medianoche volvió a su casa.
        Dejo los sucesos y veo que la señorita Ivanova me ha mandado la foto de una paloma muerta en su terraza. Escucho el audio que envía a continuación. La historia es terrorífica.
        Ella y su novio, el doctor R, viven en un piso en el Raval, se trata de un ático con una pequeña terraza que da a un geriátrico público. La señorita Ivanova y el Doctor R, tomaban café en el sofá cuando una gaviota entró volando y se paró sobre el comedor. La gaviota llevaba una paloma en el pico. El Doctor R buscó ropa y se la tiró encima. La señorita Ivanova insultaba a la gaviota con voz histérica, atrincherada en la habitación.
        El Doctor R consiguió asustar a la gaviota con un zapato y ésta escapó a la terraza. Ambos permanecieron dentro del ático, incrédulos, perturbados. Hasta que la señorita Ivanova, recuperada de aquella escena inverosímil, salió a tomar el aire. Y encontró entre dos tiestos, el cadáver de la paloma.
        Le digo que estoy alucinando y decido que necesito otro café.
        Al volver cojo el móvil. La señorita Ivanova escribe: El papa vio una gaviota atacar a una vieja en la cola del Metadona. Horror.
        Leo en Google que las gaviotas suelen lanzar sus presas vivas para matarlas. Son juguetonas como los tiburones.
        Sigo dándole vueltas al tema y encuentro esta declaración de la artista Lynda Charlton, después de que un grupo de gaviotas la asaltaran, le quitaran la comida y le hirieran la mano, en Saint Ives, al sur de Inglaterra: «No fue un ataque normal de una gaviota hambrienta. Parecían organizadas y trabajaban en equipo».
        Un día de noticias y datos curiosos.


︎Día treinta y seis