Cuarentena

Día treinta



Casi un mes de cuarentena. Me voy a pesar y las noticias no son las esperadas. Me hago un café. Escucho a lo lejos el ladrido del perro de la vecina del terrado. No ha parado de ladrar en diez días. Qué espíritu. Su ladrido es un martirio. Sobre todo, en la mañana, cuando salgo al balcón a tomar el café y a leer un poco.
        Cuando abro las puertas, veo que la mesa y una de las sillas está mojada. La vecina de arriba tuvo la impertinente idea de regar sus plantas por la mañana.
        El perro ladra. La silla y la mesa están mojadas. Y hay cuatro tipos de la guardia urbana reunidos frente a nuestra finca.                 Levanto la mirada hacia la calle Veguer y veo al viejo en su balcón, con una camiseta de tirantes y unas gafas de leer. Tiene las manos en la cintura y parece al mando de la situación.
        El sol da a ese grupo de balcones y hay muchos vecinos que toman el sol y se entretienen con la situación. Los agentes están intentando localizar a la dueña del perro que ladra. Oiga, ¿alguien de vosotros conoce a la vecina del perro? Pregunta el agente mirando los balcones de nuestra finca. Nadie la conoce. Yo sí que la he visto pero hay tanta gente que no quiero participar. Un vecino de la derecha, de una de las ventanas sin balcón de la finca de al lado, dice que está hasta los huevos del perro y de su puta madre.
        Tranquilo, hombre, dice otro oficial. Están todos de muy buen humor allá abajo. Se siente el espíritu de domingo.
        Al fin entran en el portal y suben las escaleras. Saco la cabeza por el balcón y veo a la vecina de arriba, asomada, mientras sus enredaderas gotean sobre mi baranda. Me has mojado todo el balcón. Abre los ojos y pone la boca en forma de «o». Ché, lo siento, me dice, soy una boluda. Sigo mirándola. Ella junta las manos como si le fueran a tomar la foto de la primera comunión. Veo que no te han gustado las zapatillas que te regalamos. Un día, harto de su taconear constante, subí y le dije que por qué no se ponía unas pantuflas. Me tiró la puerta en la cara. Así que en navidad le compré unas en el Ale-Hop y se las dejé en el felpudo. Entonces su cara de perdóname, por favor, se convierte en su cara de eres un hijo de puta. No le gusta que se metan con su intimidad.
        De pronto los dos oficiales que habían subido se unen a los otros. No abre la puerta y hay como veinte sobres en el rellano. Está muerta, pienso y sonrío. Subo la mirada y el viejo sigue allí, atento y silencioso, pero ahora se ha puesto una bata a cuadros. También ha salido la abuela del entresuelo y los moritos la esquina al lado de la Plaza del Rey. Cruzo la mirada con el viejo. Y hace un gesto como que no se entera de lo que pasa. Las palomas agrupadas en el cable que cruza la calle empiezan a revolotear. Y la abuela les tira maíz desde su balcón.
        El perro ladra de nuevo. Y los policías se quitan maíz de las hombreras.
        Uno de los oficiales dice que va a comprar unos cruasanes. Otro levanta la cabeza y me pregunta si la he visto. Si he visto a la chica alguna vez. Le digo que sí, que la vi un día con el perro en la calle, discutiendo con un tipo. Creo que no está muy bien de la cabeza, le digo. Ya, ya, me dice el policía. El que lleva los sobres, abre uno y luego marca un número en su móvil. Se comunica con alguien y le dice que tiene que venir a por su perro, que si no se le denuncia y se le quita el animal. ¡Ah! Dice el hombre con el teléfono en la oreja, son tres perros. Ostia, dice el otro. Calle arriba se ve a un tercer oficial, con la bolsa de cruasanes. Voy por el segundo café. Cuando vuelvo a asomarme, veo los rulos cobrizos de la italiana del entresuelo. Ella sube la cabeza y saluda. Ayer, mucho ruido, me dice. Pum. Pum. Sí, le digo, estoy haciendo deporte, perdona. No pasa nada, dice ella y sonríe. ¿Qué pasa? El perro de la vecina. Luego ella afirma con la cabeza y dice chao.
        Me quedo pensando en el pum, pum. Claro, con cuatro kilos más esos saltos sin cuerda deben estremecer su techo. Hoy comeré ensalada, pienso.
        Unos minutos después, aparece una chica rubia, con dilataciones en las orejas. Tiene el cabello atado con dos palillos y una rasta que le cae por el pecho. Y lleva dos garrafas de ocho litros de agua Ribas. ¿Es usted la de los perros? Son míos, sí, dice ella, parece triste y apagada. Tiene que poner remedio, señorita, hay que poner remedio a esta situación. Ella solo los mira, avergonzada. Es evidente que la señorita del terrado no ha estado en el piso durante varios días. Si no pone remedio, se pasará a realizar una denuncia. El otro, uno con barba candado y cejas oscuras y pobladas, le dice que, si persiste el problema, vendrá un equipo y se llevará a sus perros.
        La muchacha asiente y luego sube la mirada, y nos barre a todos, uno por uno. Su expresión es violenta. Luego baja la cabeza y sigue hasta su portal.
        Más tarde, voy a tender la toalla y cruzo miradas con el viejo de la bata a cuadros. Me dice con mímicas que fue él quien llamó a la policía, que lo ha hecho durante los últimos diez días. Le enseño el pulgar hacia arriba. Me fijo en su rostro de satisfacción. Luego lo veo mirar al terrado de la vecina. Él y ella viven a la misma altura.¿Te parece normal irte y dejar a los perros, así como así? Ella no dice nada.
        Él le sigue recriminando, la última palabra que escucho es «guarra».
        Cierro las puertas.
        Empiezo mi rutina de ejercicios. Pum, Pum. Solo serán treinta segundos de salto sin cuerda. Siento mi barriga saltar al compás de mis suspensiones en el aire e imagino la lámpara de la italiana tintineando y agitándose como un péndulo.
        Cuando salgo al balcón otra vez, ya nadie habla. No se escuchan ladridos. Se oyen voces en el interior de algunos pisos. Se oye a un niño llorar. Hay una camioneta en la esquina de Baixadas, le están llenando el maletero de monas de Pascua empaquetadas. El cielo tiene un color celeste con vetas blancas. Y en la plaza del rey hay una mujer con mascarilla haciéndose un selfi con la fachada del Salón del Tinell de fondo.