Cuarentena

Día quince



La señorita S se ha ido a casa de su madre. Yo me he quedado en Barcelona. No sabemos cuándo nos volveremos a ver. No aguantaba estar en este espacio tan pequeño. A veces pienso que todo es mi culpa. He comprado dos botellas de vino, el Paqui me ha pedido que me ponga mascarilla.
        Desde que se la señorita S se fue paso horas mirando por el balcón.

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(Balcón/1)

A eso de las seis de la tarde, se empieza a ver patrulleros de policía, como tiburones, callejeando. Con sus luces de libélula manchando las fachadas de ese azul parpadeante. A esta hora da mal rollo salir de casa.
        Una noche antes de que la señorita S se fuera, fuimos a reciclar, uno detrás de otro, a cierta distancia. Y vino un patrullero sigiloso y el oficial que conducía nos dijo que solo uno podía ir a comprar. Era un tiburón amable y empático. Me encogí de hombros mientras la señorita S le explicaba lo de los yonquis.
        La razón por la que íbamos de dos es porque el barrio se ha llenado de yonquis desesperados por una dosis. Se te tiran encima sin respetar el protocolo. Así que después de las seis el Gótico es como un juego de zombis contra tiburones.
        Desde mi balcón veo a los patrulleros rondando silenciosos y a los yonquis dando tumbos y gimiendo que les ayuden, que cincuenta céntimos para comer.
        También paso horas mirando por las ventanas de la gente intentando saber qué vida llevan.
        Un escritor es un voyeur después de todo.
        Por ejemplo, seguí con profunda convicción a una pareja de jovencitos que tomaba vino en su balcón, a las doce del mediodía, el sábado pasado. El sol me cegaba y me puse gafas oscuras. Leía a Carver y le daba sorbos apurados a una cerveza. De tanto en tanto veía a la pareja. Primero uno a cada lado de la media mesa. Esa media mesa es el símbolo de lo pequeñas que son las viviendas de la gente en este barrio. Después de tres o cuatro páginas, ella está sola, rubia, fuma un cigarro, bebe una copa de vino tinto, que luego apoya en la media mesa y mira su reflejo en los cristales del edificio del frente, el del museo de historia, que está cerrado.
        Cuando abrí la segunda cerveza, él estaba sentado encima de ella. Como un gorila. Travieso. Y yo volví al libro por vergüenza ajena. Luego se metió en la habitación y puso tecno a todo volumen. El sol dejó de dar en mi balcón y entré y me tiré en el sofá. Ella también se metió y el tecno siguió sonando un buen rato. Un tecno oscuro que me hizo pensar en látigos y cadenas. No hacía frío, así que dejé la puerta del balcón abierta y no tardé en escuchar un grito. Y luego otro. Lo está azotando, pensé. Y luego una exagerada sarta de alaridos multiorgásmicos. Salí al balcón y vi las manos de la muchacha agarrados a la baranda de hierro, mirándose en una de las ventanas del museo, estirando sus delgados brazos, con el pelo agitándose como una medusa. Y luego él aparece y le lame la espalda, y yo regreso al sofá.
        Perdí el hilo del cuento de Carver, un niño que busca pescar en un río se pelea con otro niño, llora, y no entendía por qué lloraba y decidí ir por otra cerveza.

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(Balcón/2)

Mi balcón está en una finca que hace esquina, de modo que veo la calle Veguer, que sube a la Plaza del Rey, veo el conjunto de balcones de las fincas de la mano izquierda, uno de los cuales todavía tiembla por el fervor de los amantes; veo también los balcones abandonados de la derecha, los del museo, pero también los que están frente a mi balcón, encima de la librería la Central. Y en uno de ellos, en el cristal de uno de ellos, se refleja el cuadrado amarillo de la ventana de una vecina. Ella no tiene balcón, pero la ventana es un cuadrado grande que se abre con una puerta hacia un solo lado. Debe ser una ventana reformada, con doble cristal, y esa goma super gruesa que hace vacío y aísla. Debe ser un piso pequeño, pero bien organizado. Ella debe vivir sola. Ella y su ukelele. Pero en el reflejo veo el fondo amarillo y ella en medio, estirando los brazos. Sacándolos por la ventana. De modo que si me giro puedo verlos estirados. Le gusta acariciarse los brazos. Como si el rosado del cielo aún emitiera cierto calor. O quizá le gusta esparcirse el frío por la piel. O le gusta ponerse cremas mientras mira por la ventana. Quizás le gusta la sensación de que una parte del viento le pertenece y que es la hora de salir a recogerlo.
        El reflejo no tiene cara. Solo el pelo por encima de los hombros. Y los brazos estirados, que si me giro puedo ver. A veces una de las manos de alguno de esos brazos tiene un cigarro entre los dedos. El brazo va y viene, pero yo solo veo la cara sin rostro en el reflejo y el perfil del cigarro que humea o se enciende. Aquel día casi me dormí viendo ese reflejo de mujer tranquila, despreocupada, que fuma, como si el cigarro midiera un metro, hasta que tira la colilla. Luego el reflejo desaparece y se escucha un ukelele. Y yo me voy a cocinar algo.
        Hoy la noche cae, pero el viento incómodo no corre como siempre a esta hora, y en el balcón se está de lujo. Y en un rato salen los vecinos a romper el silencio que solo rompen ellos, con sus arengas a los sanitarios, y el tecno de los amantes de la calle Veguer. A mí no me gusta aplaudir, lo hice los primeros días, pero me siento un payaso y no me gusta. Así que este es el momento previo a esa extraña exaltación de presos domiciliarios, en que me levanto y me voy a ver algo en el portátil o llamo a la señorita S.
        Está el viejo y viudo oso hormiguero, echando agua a sus plantas y tirándole comida de extranjis a las palomas, que le esperan hasta esta hora como lo hacían antes los drogadictos en la asociación de monjas que hay detrás de Correos, para la ansiada dosis de metadona, una miga de pan en el infierno. Está también el indio encapuchado del balcón de la primera fila de la izquierda, una fila por debajo de los jóvenes amantes.
        Si me asomo, en el quinto piso de uno de los edificios que sube a la plaza del ayuntamiento hay dos chicas bailando y una de ellas se ríe, histriónica, sobreactuada. Están escuchando Camela. Y cuando zarpa el amor se mezcla con los ladridos del perro de la sueca que vive en el terrado, decido cambiar de enfoque. Y la calle parece por un segundo un cuadro puntillista.

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(Balcón/3)

Veo mi sombra sobre la muralla de la esquina de la Central y hago animales con las manos. Luego subo la mirada y veo otra vez el cuadrado amarillo. Hoy está vacío. Ese amarillo lo emite una lámpara muy cálida. No sé qué tipo de bombilla lleva. Luego aparece el reflejo de mujer. Tranquilo reflejo de mujer sin rostro. En el centro del cuadrado. Me giro. Y no puede ser de otra manera. Ahí están sus dos brazos, que se ven azules bajo el cielo frambuesa. Y se los acaricia como si se estuviese poniendo crema protectora para cuidarse de la luna. Su rostro es una forma ovalada en la que se intuye el pelo sobre los hombros, igual que siempre ¿Acaso no crece? ¿Acaso no pasa el tiempo en el cuadrado amarillo? Quizás tiene mofletes y ojos de búho. Tantos días encerrados, todos ganamos algún kilo. El aburrimiento engorda, diría, tímida, apagada, la aprendiz de ukelele. Y así me quedo apoyado sobre los hierros. Y de pronto veo otra persona en el reflejo. Y me entusiasmo. ¡Un punto de giro! Aparece una delgada sombra más alta que la apacible dama de los brazos azules. Me giro y también sus brazos, lisos, como serpientes, se enredan en los brazos, ahora más robustos y pálidos de la aprendiz del ukelele. Siembre a través de un tamiz de fruta del bosque. Y vuelvo al reflejo. Y ya no son dos rostros sino uno. Un cigarrillo cae como una pluma encendida. Risas. Sombras chinas. Dos risas diferentes. Luego otra vez un solo cuerpo en el cuadrado amarillo. Un cuerpo con dos cabezas. Me giro y ya no veo los brazos. En el cuadrado amarillo las dos cabezas son una y el reflejo se empequeñece hasta desaparecer. Luego la luz amarilla es roja. Y se oyen aullidos de perro y gritos de amor.
        Y la señorita S está lejos y quién sabe hasta cuándo.