Cuarentena

Día ocho

El dedo


Fue una mañana de abril, hace unos años. Abrí los ojos y vi la lampara de papel sobre mi cabeza. La luz estaba apagada. Me levanté y vi que no llevaba pantalón y tenía la chaqueta puesta. Di una vuelta por nuestro pequeño piso sin habitaciones. Eran las diez y veinte de la mañana. La señorita S se había ido. Cogí el móvil y le escribí mientras caminaba a la cocina para hacerme un café. Ella estaba en línea y no tardó en mandarme tres corazones rojos. ¿Cómo has amanecido? Bien, le mentí. Luego desenrosqué la cafetera y busqué el café en la despensa. ¿Todo bien? Sí, me respondió, llegaste muy borracho, pero te portaste bastante bien. Decías algo sobre un dominicano, pero yo estaba durmiendo en el sofá y no hice caso, luego te tiraste a la cama. Lo siento, le escribí. Vives sintiéndolo, escribió ella.
        La señorita S tenía que seguir con sus clases, era mi día libre y decidí ponerme en marcha, ordenar las cosas, bañarme y salir a comprar algo para comer. Así que cogí el pantalón. Y busqué en los bolsillos.
        En uno había monedas y trazas de tabaco. Negué con la cabeza, desorden, pesadez, descontrol.
        Luego metí la mano en el otro bolsillo y encontré un dedo negro manchado de sangre. Un espejismo, chasquidos en un suelo mojado.
        En ese mismo bolsillo estaba mi descorchador de vinos. Maldita sea. Llevé el dedo y el descorchador al baño y los dejé dentro del lavabo. Me lavé las manos y fui a revisar mi mochila. Dentro estaba mi uniforme de camarero y un libro. En la sección pequeña había un boli y un candado. Nada fuera de lo normal. Revisé también los lados de la cama, la cocina, el sofá, los balcones. Todo en orden. Cogí el móvil. Vi las conversaciones más recientes. Quedaba con el señor R para tomar unas en el Mare Nostrum. Escribía a mi hermano: Te quiero, darling. Las anteriores las recordaba. Vi las llamadas. Dos llamadas a un número desconocido sobre las cuatro de la mañana. No, no, pensé. Morir, pensé. Olvidar.
        Dejé el móvil y fui al baño. El dedo estaba allí manchado de sangre, blanqueándose. Decidí lavarlo. Así que lavé muy bien el dedo. No sabía si era un dedo índice o un anular. ¿En qué demonios me había metido? Decidí darme una ducha. Cuando terminé, la casa olía a café quemado y recordé que la cafetera estaba en el fuego. Corrí a apagarla. Nadie me estaba mirando, todo lo que estaba pasando no existía, tranquilo. Cuando conseguí sentarme, intenté recordar otra vez, otra vez, cariño, otra vez eres hombre muerto, otra vez nada.
        Salí de trabajar a las once pasadas, era una de esas noches en que no te quieres ir a dormir. Algo inusual, diría la señorita S, sarcástica, harta. A esa misma hora salía el señor R, un camarero italiano, un pez gordo de la noche. Y nos fuimos a tomar algo al Mare Nostrum. Nos dieron las dos de la mañana y decidimos ir al lugar en el que se disuelve mi memoria. El Hoysí. Un pub subterráneo. Debajo de unas escaleras, por una puertita, y entrabas en un mundo de luz morada fosforescente. Gente gritando, un futbolín, una máquina tragaperras, una puta con voz de lata, un puto con voz de sombra. El señor R propuso buscar tema con un dominicano que llevaba un pelo de risos muy pegados a la cabeza, como quemado.
        Pedimos dos cervezas doble malta y sentí la pegada.
        No recordaba nada más. Luces de faros. Métete al taxi, huevón, apúrate. Nada concreto.
        Cogí el móvil y le escribí al señor R. Estoy fatal, escribió y un emoticono con la gotita de sudor en la cien. Qué pesado el dominicano, siguió escribiendo. ¿Estás bien?
        ¿El dominicano? Escribí con tres signos de interrogación. ¿Qué no recordaba al dominicano? Puff, escribió, no sabes lo pesado, le dije que cincuenta, que no sé qué. El señor R se tomaba una vida entera en responder. Creo que venía colocado. ¿Y qué pasó? Nada, tardaba tres minutos para eso, no sé.
        Volví a mojar el dedo. Lo cogí y lo llevé a la cocina, lo puse en un táper y lo metí en la nevera. Como la señorita S encontrara un dedo en la nevera sería el final. Cogí el móvil y entré a la aplicación de mi banco. Vi los movimientos. Las cervezas del Mare Nostrum y las del Hoysí. Un retiro de cincuenta. Cogí mi cartera. Ni tema ni dinero ni nada. Todo se evaporó en la noche.
        Me quedé un buen rato sentado en el sofá, pensando que ese dedo era de un dominicano que yo no recordaba. Un dedo que estaba en un pequeño táper que la señorita S usaba para llevarse almendras al trabajo. Me sentí como un delincuente, manchado de culpa, derrotado.
        No le diría a nadie lo del dedo. A nadie. Eso pensé entonces. Pero aún quedaba deshacerme de él. Así que me vestí y me puse las gafas oscuras. Maldita sea, pensé, en qué me he convertido. Abrí la nevera y saqué el táper, cogí el dedo con una mano y luego busqué la lejía. Tiré un chorro dentro del pequeño envase de plástico. Me dieron ganas de llorar. ¿Por qué tenía que echarlo todo a perder por unas copas? Realmente amaba a la señorita S, pero estaba perdido en una copa de cerveza.
        Busqué una bolsa zip.
        Algo no estaba bien en mi vida. Salí a la calle. La gente caminaba de un lugar a otro en pleno ajetreo y yo estaba allí, simulando que no llevaba el dedo de un dominicano en la mano.
        Un guardia urbano hablaba con una camarera en la acera. Pensé que la conocía. Quizás de la cafetería de arriba, no sé. Pasé de largo, sentí que el guardia se giró, pero no cruzamos miradas. Doblé por la muralla. Pensé en tirar el dedo a esos jardines donde dormían los yonquis. Luego me reproché. ¿Por qué perdía la calma? Era horrible, tenía tanta acidez, tan mala cara. Trabajaba a las cuatro. Al fin llegué a los contenedores de reciclaje. Tiré el dedo en el contenedor de orgánico y la bolsa zip en la de tapa amarilla.
    Y sentí una paz vibrante. Quiero decir: pude respirar otra vez. Borré esas llamadas. Limpié la casa. Tiré esos pantalones recién centrifugados. Fui al gimnasio. Hice la cena.