Cuarentena

Día dos



Cuando me desperté la señorita S no estaba en casa. Me lo temía. Me levanté, me hice un café y salí al balcón. No había nadie en la calle. Cogí el móvil y la señorita S me había enviado una foto de la playa de la Barceloneta, violando la normativa nacional al amanecer del día dos. Era de esperarse. La pobre tiene una energía indomable, sobre todo por las mañanas, y este piso es muy pequeño y el silencio de cuarentena muy hondo. Me senté en el sofá a esperarla. Y ocurrió algo quizás inaudito en una mañana de domingo en el barrio gótico de Barcelona: cantaban los pajaritos.
        No era el violín del yonqui de la plaza, no la voz del barítono sin dientes de la espalda de la Catedral, no Volare y panderetas de gitano, no el grito de una guiri asaltada por un ladronzuelo a tope de pegamento. Como lo leen: pajaritos trinando.
        Decidí cambiar el café con leche por una copa de vino blanco, una malvasía eslovena. Total, esto es lo más parecido a un simulador del fin del mundo y el vino marida bien con los finales. Y llegó la señorita S. Con rostro de niña traviesa. Le había parado la policía dos veces. No me digas. Sí. Una en la playa, mientras bailaba y cantaba en la orilla. Señorita, haga el favor de volver a casa. Y la segunda en la avenida Colón. ¿Sabe que no se puede salir a correr? Imagínate, me dice, se creyeron que iba a correr. Y yo les dije que no. Que yo no corro. Entonces les mostré esta bolsita. Y me mira y me muestra una bolsa llena de piedras de la playa. ¡Que se había ido a recoger piedras a la playa! Me imagino la cara de la poli. ¿Ante qué fenómeno social estamos? Y eso me pregunto yo ahora, mientras escribo y la señorita S pone las piedritas en fila, esta es muy normal, esta tiene un color verde hermoso, en el balcón de la finca de al lado cuatro locos bailan y cantan, ¿vamos a aplaudir?
        ¿Este es un cristal o una piedra?