Cuarentena

Día diecisiete

Las palomas


Ya se ha cagado la paloma otra vez, dijo la señorita S mirando la mancha verde y blanca en el suelo del balcón. Tres días antes, ella misma se había puesto en cuatro patas y había sacado la mierda con un cepillo. No sé puede con las palomas. Me asomé y vi la mancha. Luego levanté la mirada. Y las vi. Estaban allí sentadas en el cable que cuelga frente a nuestro balcón. Cinco o seis palomas. Repasé a cada una de ellas en silencio. Luego entré a casa y le dije a la señorita S que era imposible. Esos bichos no tienen modales.
        Y con la cuarentena las cosas iban a peor. Las palomas, acostumbradas a esperar que la gente tirara la comida por los suelos de la ciudad, estaban desconcertadas o más bien, así estuvieron durante unos días. Ahora estaban enfadadas, perturbadas. Son ratas con alas, dijo Laia. Nos sentamos a comer y con el vino se nos mejoró el humor. Compremos una escopeta, le dije, una de esas de balines. No pensarás, dijo ella. No, no, respondí. Solo asustarlas, nada más.
        Y nos metimos a Amazon a buscar escopetas.
        Al final nos decantamos por una sencilla carabina de aire comprimido que venía con balines. Una Daisy Buck. Con un ciervo grabado en la culata de madera maciza.
        El arma tardó cuatro días en llegar. Traía quinientos balines de acero y un estuche de plástico para ponerlo en el cinturón. La carabina era sencilla pero funcional. El ciervo en la culata sería el escudo de mi ejército. No pude evitar reírme.
        Vamos a enseñarle un par de modales a estos pajaritos, le dije a la señorita S mientras miraba a través del cristal de la ventana. Se había unido una paloma. Estaba parada en la baranda del balcón del frente, encima de las demás. Era un poco más grande y movía el cuello atrás y adelante. Su color gris casi negro le daba un aire de cuervo.
        Nos miran fijamente, dijo sonriendo la señorita S y me pasó los brazos por la cintura. Y era verdad. No nos quitaban los ojos de encima.
        Una mañana la señorita S fue a tirar la basura. Cuando volvió me dijo que había visto a la banda de las palomas en los contenedores. Serán otras, le dije, hay miles de palomas hambrientas, amor. Pero la señorita S insistió, eran ellas. Levanté la vista para ver por la ventana. Y no estaban. Luego llegó una y otra. Y fueron regresando hasta llenar el cable y empezar con su gorjeo.
        Esa misma tarde, el sol daba a nuestro balcón. Laia dormía una siesta y yo estaba tirado en el suelo con la carabina. La había cargado por si acaso. La luz le daba a un trozo del parqué y allí estaba yo apoyado, calentándome. Entonces apareció una paloma y se plantó en la baranda. En vez de atacarla con un balín, decidí retroceder y ponerme a la sombra. La paloma se cagó. Parecía distraída y se pasó a la mesita y picoteó el pequeño rosal. Le apunté y luego moví un poco el objetivo. Solo asustarlas, te lo prometo.
        Y disparé. La señorita S saltó del sofá y se quedó mirando por el pórtico abierto. Yo vi un revoloteo y empecé a reír. ¡Qué susto le has pegado! Algunos vecinos salieron de sus balcones. La carabina sonaba como una auténtica escopeta.
        Me da un poco de mal rollo, le dije, pero se lo merecía.  A ver si vuelven a joder por aquí.
        Que les den, dijo Laia y fuimos a prepararnos un café.
        Cuando salí al balcón y apoyé la taza en la mesa me sorprendió el agujero en la maceta del rosal, pero la mancha de sangre en la madera fue una sorpresa inquietante. Me giré y las palomas no estaban. Y el silencio de la cuarentena, me hizo coger la taza, entrar y cerrar el pórtico a mis espaldas.
        Esa noche salí a tirar el reciclaje y antes de bajar por Baixada de Libreteries, vi un bulto al lado de la heladería Fargi, me acerqué. Era la paloma a la que le disparé por la tarde. Estaba muerta. Caminé a los contenedores escuchando el zarandeo de las bolsas de plástico. Un bus vacío pasó por Vía Layetana. Cuando llegué a los contenedores me sorprendió ver dos palomas, grises, pequeñas. A esa hora solían estar escondidas. Tiré los botellines de cerveza, mirándolas. Aparecieron dos más. Se pararon sobre el contenedor de plástico. Una de ellas era más grande y de plumaje más oscuro. Y movía la cabeza. Me miraba. Me giré y vi a otras dos. Sonreí y volví a mirar al jefe. Fue un accidente, susurré, no quería hacerle daño. Dejé la bolsa en el suelo y corrí a casa.
        La señorita S me hizo una manzanilla y yo cerré los pórticos. Miré por la ventana. La noche negra. El perfil de las gárgolas. La escena del contenedor. Ratas con alas, eso es lo que eran.
        La noche siguiente era fría e hicimos un caldo de huesos y verdura. Compré un delicioso pan de coca y un vino con crianza para calentarnos. Pusimos un poco de jazz y nos sentamos en la mesa. La señorita S hablaba de la necesidad de un espacio más grande para dar rienda suelta a su creatividad. Yo estaba de acuerdo y la escuchaba con atención. De pronto, sentimos un golpe en el cristal.
        Ambos miramos el pórtico. Y luego nos miramos el uno al otro y nos encogimos de hombros. Yo estaba sentado en la parte interior de la mesa y ella en la parte exterior, junto a una ventana de cristal cromado. ¿No será el señor X? preguntó ella. Lo hubiéramos oído, dije.
        Me puse de pie. El cristal tenía un agujero muy fino y una pequeña grieta. Levanté la mirada. Y allí estaban las palomas. Me giré y miré a la señorita S. Han sido estas hijas de puta, ya lo sabía. Y fue decirlo y una de ellas asestó un picotazo al cristal cromado de la ventana y la señorita S dio un salto y gritó. Nos abrazamos. Luego cerramos todas las puertecillas.
        Después del incidente, los días transcurrieron en una tensa calma. Mientras tanto las palomas ya no eran ocho sino catorce. Y tenían muy mal aspecto.
        Su único abastecedor era un viejo que les tiraba un poco de arroz crudo por las mañanas. También les amenazaban las gaviotas, que venían a comérselas por la tarde.
        Había peligro en todos lados y para todos.
        Una mañana, la señorita S se había ido a comprar y yo estaba disfrutando bajo el agua caliente de la ducha. Cerré y sentí que había alguien en el piso. ¡S! Nada. Debían de ser los vecinos o su perro que tiene una cola dura y les pega a las paredes todo el tiempo. ¡S!  Me amarré la toalla y fui al vestidor. Cogí un calzoncillo y sentí un olor raro, como a polluelo. Caminé al salón y sentí una ráfaga de frío. Seguro que la señorita S se había dejado el pórtico abierto.
        Fui a cerrarlo, pero antes de hacerlo una pluma sobre el parqué llamó mi atención. Cerré y vi el cable que iba del Fargi a la librería La Central y cruzaba la calle Veguer. El cable estaba vacío. Otra vez sentí ese desagradable olor a polluelo. Me di la vuelta y vi tres palomas sobre la mesa del comedor. Busqué la carabina de balines con los ojos, sin mover la cabeza. Y allí estaba la paloma de plumas grises y negras, mirándome. Sus patas sucias pisaban al ciervo gravado en la madera maciza de la Daisy Buck. Aparecieron las otras palomas de la banda. Todas empezaron a hacer ese gorjeo escalofriante y a batir las alas.
        Cuando la señorita S llegó, encontró el piso lleno de plumas, la cocina saqueada, los pórticos y ventanas abiertos. Y, como guindilla, mi cuerpo inconsciente sobre el parqué del salón. Me cuenta que cuando llegaron los médicos a casa, las palomas estaban sentadas en el cable, como los vecinos que disfrutan de la desgracia ajena.