Cuarentena

Día dieciséis



Eduardo Arévalos, susurré, al ver su foto de perfil de Facebook. La foto era de la época en que nos conocimos. Unos veinte seis años, pelo negro con raya al costado. Luego pensé en el hueco. El último día de Arévalos. Su desaparición. Nuestra culpa.
Esa noche fue rara. Yo no quería salir. Quería quedarme en mi casa. Ver una película en la cama. Comer pan con mantequilla. Pero el chino toda la tarde jodiendo. Que vamos a drogarnos. Que hoy la hacemos. Al final era un sábado fresco, con el frío perfecto para ir en manga corta a la fiesta. Y entrar con todo.
        Y así entramos.
        Era una vieja mansión abandonada. Una inmobiliaria la había comprado en concurso de acreedores. Y en unos diez días la derrumbaban. La fiesta tenía ese espíritu apocalíptico. Como si fuera la última noche de nuestras vidas.
        El trans retumbaba todo el tiempo. A las dos de la mañana íbamos de eme hasta los codos. Yo no podía fijar la vista y tenía ganas de quitarme la ropa. Luego todo se esfuma. Solo aparecen algunas imágenes. El chino tirado en el suelo. Una tal Diana, sentada en el marco de la ventana jalando las cortinas y enrollándoselas en el cuello. Un wáter. La revolución de la mente. Una arcada. Si eres nazi llama al 421-3247.
        La memoria vuelve con la luz del día.
        Estamos el chino, Matías, Eduardo Arévalos, a quien veo por primera vez en mi recuerdo, y yo. Matías vomita en una esquina y luego desaparece. Cuando lo alcanzamos está subiendo a un taxi. Se marcha sin convencer al chino de irse con él.
Eduardo habla como un loro. Es horrible. No hay manera de pararlo.
        A mí me tiembla la mandíbula y quisiera estar en casa y tomar una ducha. El chino discute con Eduardo por un asunto periodístico absolutamente irrelevante a esa hora y en esas condiciones. Veo el muro color blanco yeso que protege el amplio terreno de lo que un día fue el colegio de los maristas y luego las piscinas municipales de San Isidro. Claro. Yo aprendí a nadar en esas piscinas. Y ahora el terreno está cercado con un muro hace años. Maldita sea. Con un letrero desteñido de un mega complejo de apartamentos de lujo. Hijos de puta. Me enfado con la constructora, con el presidente, con mi clase social. Y al fondo siempre está la voz de Eduardo diciendo: yo te voy a explicar las cosas. Me siento ofuscado, con ganas de golpear a alguien.
        Necesito una cerveza. Yo te voy a decir lo que necesitas, huevón, dice Eduardo. Cállate, le digo, clavándole los ojos como dardos a punto de ser disparados. Por lo visto uno de ellos da en el blanco. Son muy chicos, están en toda la huevada, pero pronto entenderán, dice Eduardo. Arevalitos, la voz de la experiencia. Y por una extraña razón desconocida, en ese momento se me ocurre que tenemos que trepar el muro y meternos al terreno.
        Así que empezamos a retarnos.
        No sé por qué, pero recuerdo a un gallo cantando. Y aunque es improbable, yo recuerdo que canta y que empieza a hacer un frío mojado. Y Eduardo Arévalos se retrata como un tipo resabido. Yo me trepo primero, dice, una vez se cayó la pelota a un terreno en Santa Clara, mi papá tiene una casa allí… Pensé: maldita sea, Arevalitos, puedes trepar y callarte de una puta vez. Sube, pues, huevón, le dijo el chino y lo empujó. Luego me miró y yo lo miré. El chino y yo éramos viejos amigos. Vivíamos de forma urgente. Eran años para vivir así. En las fronteras. Vamos a cagarlo, eso nos dijimos con los ojos. Como en la literatura.
        Y Arevalitos no sabía nada ni de literatura ni de sencillez ni de silencio.
        Seguía hablando aún desde el otro lado del muro.
        Y así trepamos los tres al terreno. Le hice patita de gallo al chino. Y yo salté como un gato. Y logré trepar. Todo raspado. Dentro era como estar en otra dimensión. Eso era silencio. No se oía nada. Si alguien habló, el hueco ese se comió el recuerdo de cualquier diálogo. Ese hueco. Esa perforación en forma de cráter. Allí estaban las piscinas, susurré. Era como si un meteorito hubiera caído allí en medio. Qué tal huevadasa, dijo el chino. Guarda, huevón, dije yo cuando vi que el chino se quería acercar al filo del abismo.
        No pasa nada, rapidito.
        No, pero yo, huevón, yo veo un camino.
        Qué camino ni qué nada, quizás dije eso o dije otra cosa. O me quedé callado. Lo único cierto es que miré al chino y lo miré con cara de estoy harto de estar aquí y esto parece muy peligroso. El sol abrió las cortinas del cielo. Unas cortinas muy sucias.
        Y ni con esas se veía el fondo del boquete. El gallo aún cantaba. Parecía enrabiado.
        Es el puto agujero negro. Mi abuelo estaría encantado de entrar aquí y diagnosticar este estado de abandono. Es que este país, siguió Eduardo, con ese peinado de académico, raya al costado, cerquillo en los ojos, hablar sosegado, tonito de marqués, hijo de puta. Te mato, pensé.
        Pero lo pensé de juego.
        Juro que lo pensé de juego. Yo solo quería irme. Irme a mi casa. Tenía sueño. Eduardo Arévalos era insoportable. Yo estaba todo raspado de la trepada de muro.
        Vámonos, dijo el chino. Y Eduardo hizo el gesto de decir algo. Y fue automático. Lo recuerdo bien. Lo cogí de los hombros. Aunque el chino siempre ha dicho que no lo cogí de los hombros. No alucines, huevón. Y lo zarandeé. Deja de hablar carajo y se me escurrió. Lo acerqué y luego lo alejé y cuando quise volver a acercarlo se escurrió. Evanesció. Y recuerdo sus ojos de urgencia. Aunque el chino diga que no hubo nunca ojos de urgencia. Y el resto es un montón de silencio.
Creo que cuando salimos de allí, Eduardo seguía cayendo.
        Recuerdo los días siguientes. Caminar por la calle como si alguien nos estuviera siguiendo.
        ¿Saben algo de Eduardo?
        Un poquito raro Arevalitos ¿no?
        Mirada despreocupada. ¿Quién? Sorry, pero no sé de quién hablas.
        Y los días seguían pasando. El chino me llamaba y quedábamos en un parque frente al teatro Marzano. ¿Qué hacemos, huevón? ¿Qué hacemos? Está en el hueco ese huevón.
        Tranquilo, le decía yo, tranquilito nomás. Nadie sabe. Nadie recuerda.
        Y así nos pasamos casi un año.
        Un día antes de venir a Barcelona paseaba con mi hermano por Camino Real. Me gustan los centros comerciales abandonados. Así que le dimos una vuelta. Una última vuelta. Luego salimos rumbo al óvalo Gutiérrez. Y pasamos por el terreno de los maristas. Dicen que van a hacer un rascacielos, dijo mi hermano. Siempre lo mismo, dije yo.
        Luego me fui a Barcelona y Lima se fue sumiendo en su misma niebla.
        Y hoy aparece Eduardo Arévalos, con una foto de los tiempos en que lo conocí y lo perdí en el hueco. Lo siento, Arévalos, luego llevo la flecha a la equis y sigo chafardeando.