Cuarentena

Día cinco



Hoy salió el sol en Barcelona. Después de hacer unas cosas en casa, La señorita S y yo bajamos a buscar unas hamburguesas a la charcutería. En la plaza de Santa María del Mar nos encontramos con el señor X y la señorita M y su perro Sam. Nos hicimos un saludo militar y guardamos la distancia formando un cuadrado. La policía pasó una vez y puso mirada de advertencia. A la segunda vez nos dijimos adiós con las manos y Sam ladró varias veces. Tuvimos que esperar fuera haciendo una cola con dos chicos. Uno de ellos parecía enfermo y llevaba la chaqueta de piel cerrada y una bufanda gris que solo dejaba verle los ojos y no paraba de dar pequeños paseos en círculo, arrastrando los pies y conteniendo la tos. El otro hablaba con su novia por los auriculares y llevaba puesta una mascarilla de enfermero, una gorra y gafas oscuras. Un rayo de sol cruzaba la calle, era una sensación de libertad muy curiosa sentir cómo se te calentaba la cara. El hombre con la bufanda enrollada hasta las orejas pidió las butifarras desde el marco de la puerta. El otro se quedó buen rato dentro y salió con dos bolsas muy grandes. Cuando fue mi turno, pedí las hamburguesas y fuimos a casa.
        En la puerta de la finca busqué en mis bolsillos y no encontré las llaves. ¿Llevas llaves? La señorita S me miró mientras revisaba los suyos. Me dijiste que tú tenías las llaves. Pensé que las llevaba, le dije. Y dejé la bolsa de las hamburguesas para hacerme un cateo general. No puede ser que nos hayamos quedado en la calle en plena cuarentena. Voy a rehacer el camino, seguro que se han caído. La señorita S me dijo que las copias las tenía la señorita L, que estaba de viaje en Japón. Teníamos cuatro días antes de su llegada, si llegaba, tal como estaba la cosa.
        Fui rehaciendo el camino. Recordé la famosa noche de los chupitos y la camisa rota del señor T. Y el momento en el que, lleno de éxtasis, me di cuenta de que había perdido las llaves de la casa de la madre de la señorita S. O aquella vez en que se me cayeron en el jardín interior del Antic Teatre y yo no lo sabía, y me cagó un pájaro, y yo estaba sin llaves llamando a la señorita L y a la señorita S, con un frío terrible y oliendo a caca. O aquella otra vez en que perdí las llaves del candado y el mando de la alarma del bar donde trabajaba hasta hacía cinco días, y tuvieron que cambiar todo el sistema de seguridad por mi culpa.
        Mi vida está plagada de estas historias horribles.
        Entré a la charcutería y pregunté si habían encontrado las llaves. Pero nada. No habían encontrado nada.
        Volví con resignación a casa. Seguro tendríamos que ir a Mollet, a la casa de la madre de la señorita S, tomar el tren, ponerme ropa de cuando la señorita S era niña, escribir en el móvil peleando con el corrector automático, lleno de pelo de gato, rascándome el paladar con la lengua porque me pican los oídos. O tendríamos que dormir con el señor X y la señorita M, si ellos accediesen, y con Sam, formando un cuadrado equidistante en su habitación, hasta que la señorita L volviera de Japón y pudiera darnos la copia. O tirar la puerta abajo otra vez, sin cerrajero que trabaje y cargarnos la única seguridad que nos queda, que es nuestra cerradura.
Y en plena comida de olla, ya desosegado por completo, se me acercó un coche de la policía. ¿Qué busca, caballero? Las llaves de casa, le dije. Tendría que ir con más cuidado, me dijo él con rostro mustio, cejas exageradas, ojos achinados color avellano, y sobre tot estar a casa. Luego se volvió al asiento de copiloto vacío y cogió un manojo de llaves. ¿Estas son sus llaves? Sí, le dije. Las encontré en la plaza de la iglesia. Me ha vuelto el alma al cuerpo, le agradecí con una sonrisa incómoda. Parece un poco aturdido, señor, me dijo el oficial, mirándome en el fondo de los ojos. Es el encierro, respondí. Debería tomárselo con calma, me dijo, controle su mente. Lo intentaré, respondí con cierta ironía en las palabras, no es fácil.
        Luego me dio las llaves y se despidió, parecía tomarse muy en serio su trabajo y transmitía un pesar sincero por las circunstancias. En Vía Layetana estaba la señorita S esperándome con la bolsa de las hamburguesas en la mano. Las encontré, le dije. Mira, señaló el edificio de Comisiones Obreras, cuya fachada estaba cubierta de una red verde perico. La luz le pegaba de una forma muy especial.
        Saqué el móvil y le hice una foto y ningún coche pasó en todo ese tiempo.