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Todavía nos preguntamos quién contagió de coronavirus al señor Manuel.
        Naturalmente todos nos lamentamos de que el pobre viejo no pueda estar esta tarde, celebrando los cuarenta y cinco años de su hijo Alberto, que no es por decir, pero ayer en el bar se sonó la nariz varias veces, entre patata y patata.
        Dicen que los del barrio han ido a decirle a Manuel que baje con doble mascarilla al cumpleaños, que lo pondrán en una especie de altar con gel hidroalcohólico y una jarra de té con limón, miel y brandi. Pero el viejo ya ha confirmado que no baja. Tiene muy mal cuerpo y se está volviendo cada vez más hipocondriaco. Eso le pasa por quedarse tan aislado en su casota de mil habitaciones. Ya le hemos dicho que tiene que socializar más, pero no hay forma, el viejo se quiere morir sin que nadie se entere.
        En fin, ya sabes cómo es la gente, se han empezado a hacer apuestas sobre quién fue el que le contagió el ómicron al pobre Manuel. Para resumir y no hacerme extenso, vamos a decir que todas las versiones, que son tres, apuntan a que el hombre lo contrajo en la cena de noche buena.
        En la cena, en todas las versiones, están el viejo Manuel, con su camiseta de lana y cuello en V azul; su hijo Alberto, con una camisa de cuadraditos en diferentes tonos de naranja y un cebollino entre los dientes que lo acompañará toda la noche; y su novia, Rebeca, a quien la señora Dorita, que se la encontró en el ascensor esa misma tarde, la vio aguantarse la tos un par de veces, eso sí, con la mascarilla FFP2 muy bien puesta. En la mesa estaban también Laia, hija de Manuel, hermanastra de Alberto, con el cabello rojo, seco de tanto pintárselo, y la cara de odiar a toda la humanidad. Por supuesto negacionista hasta el tuétano, pero vacunada por razones laborales ineludibles, ya que es enfermera del ambulatorio donde nos consultamos todos los de Benito Conde, aunque su sueño es abrir una herboristería. La niña está en la cena acompañada de su novio sudamericano, Rubén, que es camarero en un bar de Industriales y, según dicen, parece sacado de una canción de Nirvana.
        Para ir descartando, Laia no pudo ser porque no tuvo ni tiene coronavirus, salvo que sea asintomática y tenga los mocos muy finos, para que las treinta pruebas de antígenos y no sé cuántos test de PCR hayan salido negativos. Al que todos miran con malos ojos es al novio, peruano, venezolano o algo de por ahí, porque ese sí que tenía los ojos muy vidriosos y fue al baño (y se estuvo largo rato) unas cuatro veces durante toda la noche.
        La primera versión es (o era) la que considera a este chico como el portador de ómicron, aunque, hasta ayer tarde, Laia seguía diciendo que el chico no presentaba síntomas y que sin síntomas no se tenía que hacer la prueba. Parece que los hermanastros se cogieron de las greñas por teléfono y que Laia le dijo a Alberto «cerdo racista».  
        La otra versión es que Alberto, que está llevando una vida un poco desaforada desde que se divorció de Angelita, es el gran portador encubierto. Esto lo dice medio barrio, porque el cumpleañero, aunque fuma como chimenea y se mete porquerías por la nariz, hace días que esconde una tos de perros que es más de gripe que de irse de rositas. Yo mismo lo escuché el otro día desde la barra del bar y me dije: Alberto acaba de palmarla en el lavabo.
        ¿Pero qué de la tercera versión? La de la novia tan arregladita, con cejas como dibujadas con pluma japonesa, a la que la señora Dorita vio aguantarse la tos en el ascensor. Esa tose porque fuma porros, me dijo ayer Alberto, cuando en el bar todo el mundo lanzó su hipótesis del asunto, y además todos hemos salido negativos menos mi padre.
        Yo sé, sin embargo, y esto complica la trama, que eso no es cierto.
        A veces, por las mañanas, tengo que ir por la calle de la Farmacia, hasta el fondo, a recoger recados, y aprovecho para tomarme el cortado en la terraza de Girones. En esa terraza pega el sol, aunque esté diluviando.
Esta mañana fue una de esas y cuando estaba terminando el café apareció Beatriz, esa señora pelirroja que abraza árboles y camina descalza por el parque porque dice que así coge la energía de la tierra. Ella también sacó el tema del viejo Manuel, que felizmente está fuera de peligro, porque lleva las tres dosis puestas. 
        Todos estamos cayendo como moscas, le dije yo, por decir algo, porque estoy del ómicron y del Covid hasta arriba, y entonces la Beatriz me dice: como la nuera, pues, la novia del Alberto.
        Pero si la novia del Alberto no tiene coronavirus, mujer.
        Que sí que tiene, me dijo ella y me contó que ambas comparten un taller de Astrología Celta en el centro cívico de Benito Conde, y la profesora, la mañana de ayer, les había recomendado a todas las chicas que se hicieran la prueba porque la nuerita había dado positivo hacía un par de horas.
        Así que fue la nuerita, diríamos, la novia de Alberto y más que seguro que Alberto también va tirando ómicron tan pancho por donde pasa.
        Sin embargo, esta mañana me lo encuentro al Cañi, con su palillo y su quinto de Star, y me viene a contar, con esa risa flemosa que tiene, que ayer, tope de borrachos, Alberto y él habían llamado al novio de la Laia, haciéndose pasar por una enfermera del ambulatorio de Industriales. Tiene que hacerse una prueba de antígenos, le dijo Cañi. Pero si estoy de baja desde el veintiséis, vino a decir el desgraciado. Entonces Alberto estuvo a punto de decirle que lo iba a matar, pero, cosas del destino, la tos lo dejó sin palabras. ︎
Mark
Thursday Jan 6 2022